Este artículo fue publicado en la Revista Solo para Mujeres. Periódico el Nuevo Día. Agosto 2016, edición 12.

Quizás y a pesar de los avances de la vida moderna, llena de actividades y dinámicas, tecnologías y ritmos que prometen plenitud, no seamos del todo felices. La felicidad hace parte de la eterna búsqueda del ser humano. Y es difícil ser feliz cuando el día a día está lleno de competitividad, y cuando nuestro modelo económico y social nos reta a ser mejores e implacables con nosotros mismos y los demás. La felicidad entonces se reduce a una panacea o sueño, a una promesa cultural que se vuelve aspiración diaria y a pequeños e inspirados momentos que rápidamente se fugan en la vida cotidiana.

No existe una fórmula exacta para ser feliz, pues la felicidad como bien sabemos está hecha a la medida de cada uno de nosotros y nosotras, de nuestros sueños, anhelos y realizaciones. Pero, tenemos en común que para la gran mayoría de seres en nuestro planeta es la finalidad real de la vida. 

Sin filosofar mucho pero con los ojos abiertos, sabemos que todos enfrentamos nuestros días esperando esas gotas de alegría presentes en nuestra cotidianidad: en nuestro trabajo, con nuestras familias, en nuestras relaciones, en las actividades cotidianas que muchas veces nos abruman y a través de las cuales se nos va la vida. Y así, esa búsqueda interna y existencial pasa a un segundo plano dando paso a una serie de retos personales, emocionales y ambientales que ponen al límite nuestras capacidades y sensibilidades y donde fácilmente nos olvidamos de nosotros mismos e incluso de los demás.

Sería interesante saber en qué parte de nosotros se aloja ese concepto de felicidad. Para algunos biólogos, la felicidad es un sistema de creencias mentales altamente sofisticado que lleva a respuestas biofísicas efectivas tipo efecto placebo. Para líneas espirituales y religiosas muy antiguas como el Budismo, la felicidad es un despertar espiritual y un estado mental de paz duradero que no depende de las condiciones externas o alguna experiencia en particular, es un estado de ecuanimidad. 

En cualquiera de los dos casos, la mente y los estados internos tienen mucho que ver con la felicidad. Para psicólogos como Carl Jung, la felicidad está intrínsecamente ligada con la existencia de la tristeza, sin ella no podríamos definir lo que nos hace felices, es decir son los dos lados de la moneda.

Con seguridad éstas no son las únicas perspectivas frente al tema, pero si nos permiten generar una reflexión interesante para hoy: Inicialmente, debemos aceptar que la tristeza y la felicidad son dos estados mentales y emocionales, cual elegimos es nuestra tarea, decidir cómo nos sentimos es un saber personal y fortalecer nuestras creencias y prácticas de bienestar y de paz mental nos permitirá enraizarnos en la felicidad. 

En segundo lugar y desde una perspectiva más interna, tal vez la felicidad no sólo sea un estado mental y puede consistir también en sobrepasar esos cambios en los que nos sumimos fácilmente de la tranquilidad a la tristeza. Un lugar dentro de nosotros donde podamos hallar una ecuanimidad más permanente y aceptar la vida tal como es. Seguramente la felicidad siempre ha estado aquí, adentro, presente y sólo hace falta que la veamos y vivamos así. Suena fácil, pero practicarlo es un poco más difícil.

Desde hace algunos años tengo presente el yoga y la meditación en mi vida, no sólo como una forma de vivir mejor y más sanamente, sino como una razón de ser y de búsqueda de la felicidad. Dentro de la experiencia sé que es fácil integrar estás experiencias alternativas a la vida, pero lo difícil es mantenerse en el tiempo. Como ya hemos visto, la felicidad es un estado mental, emocional y porque no, espiritual. 

Por ello, es importante comprender que el entrenamiento de la mente comienza por el entrenamiento del cuerpo: por ello las prácticas alternativas integran movimientos y posturas que permiten flexibilizar o aquietar el cuerpo para que poco a poco la mente también se aquiete. He conocido bastantes escépticos de este tipo de prácticas, casi siempre basados en malas experiencias o en creencias filosóficas o religiosas diferentes. Hoy creo que no es necesario ser estrictamente religioso para tratar de cambiar la vida en una respiración, en un movimiento o en auto observar la mente. 

Aquietarnos es permitirnos descubrir que nos hace felices y casi siempre nos sorprende el resultado: a veces la felicidad no es lo que creemos sino mucho más que eso. Así que bueno, la tarea mínima es comprender quienes somos y así abrirnos lentamente y conscientemente a los demás. Y tal vez, estas prácticas como el yoga, la meditación, la natación, el chi kung, la danzaterapia y todas aquellas experiencias donde tengamos que respirar conscientemente, mover el cuerpo y aquietar la mente nos permitan re descubrir algunos sentidos para nuestras vidas.

Y si bien es cierto, no todos estamos hechos y hechas para estas actividades y seguramente lo lento o lo rápido no sea lo nuestro, si existe una invitación abierta a tomarnos el tiempo de, al menos una vez al día, contar hasta diez y empezar nuevamente a poner nuestra mente en cero. No en cero pensamientos sino en la oportunidad de sentirnos diferentes. Finalmente, si la felicidad es una búsqueda que tiene que ver con nuestra mente, dentro del camino nos corresponde a cada uno de nosotros detectar las mejores formas para llegar a ella. 

Los budistas, por ejemplo, llevan cientos de años investigando en sí mismos como ser en paz y más felices y para ello entrenan su mente y su cuerpo. De forma territorial más cercana a nosotros y muy bellamente, algunas comunidades indígenas de nuestra américa practican el suma lupiña (el saber meditar, el silencio que equilibra y armoniza) y el suma munaña (el saber amar y ser amado, respeto a todo lo que existe que genera una relación armónica) y así se entregan a la creación. 

Como podemos ver, estas prácticas de aquietar la mente para encontrar la felicidad son tan antiguas como nosotros, no pertenecen única y exclusivamente a oriente u occidente, no son de la nueva era, no son una religión, ni de los budistas, ni de los yoguis, ni indígenas, sino de todos aquellos y aquellas que las necesitan y practican. Nos hablan de una condición y disposición nuestra, natural, de humanidad, ubicándonos más cerca de lo que somos y de cómo ser y hacer mejor nuestra estadía en la vida y en la tierra.

La sensibilidad es un arma poderosa, el cuerpo una herramienta inmensa, la mente un espacio infinito de posibilidades. Ojalá pudiéramos elegir siempre lo mejor y de la mejor manera posible, la vida tiene sus más y sus menos, pero con seguridad, si nos aplicamos un poco de estas prácticas, si respiramos conscientemente y aquietamos nuestra mente y nuestras emociones, podríamos mejorar sustancialmente nuestras vidas.